September 20, 2021

Los hermanos de cinco y 17 años que se esfumaron de la habitación de un hospital

Balance Interior busca a 5.000 desaparecidos, más de un millar de ellos menores tutelados Hemeroteca Más de 4.200 desapariciones no resueltas desde 2010

Hay pocos casos tan intrigantes como el de los hermanos Isidre y Dolors, que tenían cinco y 17 años cuando desaparecieron de la habitación de un hospital la madrugada del 5 de septiembre de 1988.

El centro sanitario Sant Joan de Dèu de Manresa (Barcelona) fue ampliado en 2014 y un enorme letrero naranja preside hoy la parte nueva. La hermana de los ausentes, Mari Carmen Orrit Pires, se gira hacia la derecha y señala a los tres edificios antiguos que componían entonces el complejo, aún operativos. “Ellos estaban en el del centro, en la segunda planta, en la habitación 229”, indica. Lleva puesta una camiseta blanca con las imágenes de Isidre y Dolors en el frontal y la leyenda “desaparecidos nunca olvidados” en la espalda.

El día de nuestro encuentro está aún muy reciente el último revés judicial. Iciar Iriondo, la abogada de la familia, había intentado reabrir el caso alegando la aparición de un testigo, pero hace sólo unas horas que el juzgado de Manresa les ha comunicado el rechazo de la petición señalando que el asunto se consideró prescrito en 2016.

Este supuesto testigo salió a la luz en enero pasado. El programa Viva la vida de Telecinco le dedicó un espacio al caso y el hombre llamó a la redacción. Mari Carmen está en contacto con él por whatsapp. “Ya conté lo que sabía, no quiero problemas con el juez ni con la Policía“, le dice en el último mensaje, en el que deja la puerta abierta a un encuentro con ella.

El informante, de 46 años hoy, tenía 13 años el día de la desaparición y se encontraba en el hospital, cuenta Mari Carmen, cuidando a un hermano enfermo, tal y como hacía Dolors con el pequeño Isidre. Se dirigía a la sala de fumadores a echar un cigarro cuando oyó gritos y al acercarse vio cómo una persona vestida de médico se llevaba a los hermanos Orrit en una silla de ruedas.

Los siguió hasta el sótano, donde esperaba otro hombre vestido de sanitario. A los hermanos les inyectaron algo -siempre según lo que transmite de su relato Mari Carmen- y los taparon con sábanas blancas. Había otros cuerpos cubiertos con sábanas verdes. El chico se asustó y salió corriendo del hospital en busca de su madre, dejando allí a su hermano solo.

Isidre y Dolors -marcados con un punto rojo- en una foto familiar

“La familia decidió que no dijera nada porque tenían miedo, porque, como eran médicos, por si les hacía algo a ellos también. Ahora tiene 46 años, es padre y lo ha querido contar para que descansáramos”, dice Mari Carmen. Ella le da veracidad al relato, entre otras cosas porque el presunto testigo refiere que en el sótano había una piscina. “Antes era un hospital de tuberculosos y había piscinas para los tratamientos y él no tenía por qué saber eso”, dice. El testimonio no ha sido escuchado en sede judicial.

Todas las familias de los desaparecidos conviven con el tormento de una incertidumbre compartida: ¿Qué les pasó? Y en su desesperación por dar respuesta a esa pregunta prestan oídos a cualquier teoría que se les plantee, por estrambótica que parezca. Son presa fácil de videntes y detectives sin escrúpulos.

-Cuesta creer que en el sótano del hospital estuviera pasando todo eso y nadie lo descubriera y denunciara… -cuestionamos la tesis.

-También cuesta creer que acabes de parir, te digan que tu niño está muerto, te enseñen uno del congelador, te digan que firmes un certificado de defunción y que estés firmando uno de adopción. Yo conozco un caso así. Es difícil de creer pero estas cosas pasan -responde en alusión a la trama de los bebés robados.

Según se lee en el sumario del caso, a las 17.10 horas del 2 de septiembre de 1988 el niño Isidre Pires Orrit, de 5 años, entró en urgencias del hospital Sant Joan de Dèu de Manresa. Se le diagnosticó estomatitis aftosa -una enfermedad que provoca la aparición de pequeñas úlceras en la boca- y se dispuso que quedara ingresado.

Sus hermanas mayores se turnaron para acompañarlo en el hospital. A la tercera noche, le tocó a Dolors, de 17 años, a las que algunos medios adjudicaron en la época “retraso mental”. No era cierto. La joven tenía un defecto visual grave que dificultó que pudiera aprender al ritmo de los de su edad y que acentuó su carácter ya de por sí muy introvertido.

Dolors era la sexta de los 15 hijos que tuvieron Alfredo Pires y María Orrit, un matrimonio tan prolífico como humilde. Él trabajaba en una carpintería de Manresa y ella cuidaba a la prole que crecía prácticamente al ritmo de un bebé por año. A la primogénita, Angelina -María la tuvo antes de conocer a Alfredo-, le siguieron María Rosa (nacida en 1966), Alfred (1967), Mari Carmen (nuestra interlocutora, 1968), Engracia (1970), la desaparecida Dolors y su mellizo Manel (1971), Jordi (1972), Isabel (1973), Montserrat (1974), Yolanda (1975), Marta (1976), Daniel (1977), Teresa (1978) y por último, Isidre, el otro desaparecido, nacido el 20 de noviembre de 1983.

Algunos de los juguetes del pequeño Isidre.

Si se fijan en los carteles de búsqueda verán que Dolors se apellida Orrit Pires mientras que Isidre es Pires Orrit. El baile de nombres se debe a que el padre, Alfredo, nació en Portugal y aunque llegó a Cataluña con poco más de un año de edad nunca obtuvo la nacionalidad española. “Por la ley de Portugal había que poner primero el apellido de la madre, y así se hizo con los 10 primeros hijos. A los últimos ya les dejaron ponérselos bien”, aclara Mari Carmen el descuadre de apellidos.

De los 15 hermanos Orrit Pires/Pires Orrit quedan 10. La primogénita, Angelina, falleció hace 17 años de cáncer, y Montserrat, a los tres meses por un virus. Más trágica fue la pérdida de Manel, el mellizo de Dolors, quien, siete años después de la desaparición de sus hermanos, fue arrollado por un tren. Tenía 24 años. Mari Carmen, tras encontrar una carta del difunto, baraja que pudiera tratarse de un suicidio, puesto que Manel, explica, se sentía señalado y presionado por quienes creían que debía de saber algo por ser el mellizo de Dolors. “Doy palabra de honor que cuando salgan [aparezcan] mis hermanos Dolores e Isidro voy a vengarme de toda la gente que se ha puesto en contra mía y me ha acusado de la desaparición de mis hermanos. Esto no es una amenaza, sólo una aclaración, claro que lo que yo estoy pasando no lo sabe nadie más que yo”, decía en la misiva.

«Creo que alguien del hospital se los llevó porque quería adoptar al niño», dice la hermana

Fue muy dolorosa su muerte y la de los otros hermanos, cuenta Mari Carmen, pero lo son aún más las dos ausencias. “Como dice mi madre, por lo menos Angelina, Montserrat y Manel, por muy duro que sea, sabemos dónde están y vamos a llevarles flores. Pero a Isidre y Dolors no”, dice mencionando a la octogenaria María Orrit. La madre sigue viviendo en Manresa, pero declina la invitación a participar en este reportaje.

Aquel 5 de septiembre de 1988 tenía 47 años y hacía menos de dos meses que había enviudado. No estaba acompañando a Isidre en el hospital porque cuando un cáncer se llevó al patriarca tuvo que ponerse a limpiar casas. Daba el desayuno a los niños antes de irse a trabajar -serían sobre las ocho y media de la mañana- cuando tocaron a la puerta. La Policía preguntaba por sus hijos.

-Aquí están, respondió María.

-No, no, sus hijos los del hospital.

-Pues en el hospital, ¿dónde van a estar?

La última persona que los vio fue la enfermera que la noche anterior, al empezar su turno a las 23.00 horas, hizo un recorrido por las habitaciones. Cuando regresó a las 07.00 del día siguiente para la primera ronda, Isidre y Dolors ya no estaban.

Mari Carmen lucha para que se siga buscando a sus hermanos.

Se les buscó sin éxito en el centro médico, en los alrededores, en los bosques cercanos… Muestra de las escasas pistas que los investigadores tenían sobre lo sucedido a Isidre y Dolors es el abanico de hipótesis con que trabajaban los Mossos d’Esquadra según un informe fechado dos meses después de la desaparición. En caso de estar vivos, señalaban, podían estar escondidos o ayudados por terceras personas, secuestrados con fines sexuales o para darlos adopción o haberse fugado. En caso de estar muertos, podían haber caído por un barranco a la salida del hospital, haber sido atropellados y ocultados sus cadáveres, asesinados tras ser agredidos sexualmente o por tráfico de órganos, o suicidado por problemas familiares.

El 11 de julio de 1989, un año después, se decretó el sobreseimiento provisional del caso. “De todo lo actuado se desprende que los hechos investigados son constitutivos de infracción penal, si bien no existen motivos lógicos suficientes para atribuir su perpetración a persona alguna determinada”, se lee en el auto judicial.

“¿Que qué creo que les pasó? Creo que alguien de hospital se los llevó porque quería adoptar al niño sabiendo que mi madre acababa de quedar viuda y que tenía muchos hijos”, elucubra Mari Carmen. “¿Por qué pienso eso? No entiendo que a un niño lo ingresaran por unas llagas en la boca. Para darle comida pasada [triturada] y ponerle yodo con bastoncitos en la boca, podíamos hacerlo en casa. Luego, cuando lo ingresan lo ponen con un niño que tenía el bracito roto, y al tercer día, justo el de la desaparición, lo cambian a una habitación individual. ¿Por qué? Y esa noche, las enfermeras, como hemos hecho todos en nuestros trabajos alguna vez, llevaron pastitas porque era el cumpleaños o el santo de una y se fueron a la sala de espera a hacer un pica pica. Creo que alguien lo sabía y aprovechó el momento, por eso pienso que fue alguien de dentro”, remata sus conclusiones.

Recién desaparecidos Isidre y Dolors, María Orrit, la madre, pidió un préstamo de 50.000 pesetas para contratar a un detective que cogió la pasta y, como los niños, se evaporó. Más tarde entraría al caso otro investigador privado que siempre apuntó a la familia paterna, a los allegados del difunto Alfredo. Se apoyaba en el testimonio de una camarera del hospital, quien, seis años después, aseguró haber escuchado en la cafetería una conversación sospechosa. Un hombre diciendo que los niños no estaban bien atendidos, que el padre acababa de fallecer y que lo mejor para ellos sería que se los llevaran.

Mari Carmen Orrit no da pábulo a esta hipótesis. Explica que tanto su abuela paterna como los dos hermanos de su padre han residido siempre en Cataluña y nunca han sido vistos con los niños. “No le encuentro ningún sentido. ¿Te arriesgas a robar a los niños y llevártelos para dárselos a otras personas, porque con ellos no han estado?”.

«Tengo la esperanza de verlos de nuevo, aunque estén haciendo su vida y no quieran saber de mí»

La hermana tenía 19 años cuando Isidre y Dolors desaparecieron. Hoy, a los 53, ya es abuela de un adolescente de 16 años, Gorka. A él le ha regalado recientemente los juguetitos que su hermano Isidre le entregó el 15 de noviembre de 1987, diez meses antes de desaparecer, según está escrito en la caja de caramelos Ricola en la que se los dio.

Mari Carmen estaba embarazada entonces y el niño quería que fueran para el bebé. Ella se ha saltado una generación y se los ha legado a su nieto. Son dos guerreros y un caballo de plástico de apenas cuatro centímetros de alto. “Los vecinos nos daban para Reyes juguetes que no querían”, cuenta.

“Mi ilusión es pensar que Isidre y Dolors están vivos y encontrarlos, que algún día nos puedan contarnos qué les pasó. Tengo la esperanza de verlos de nuevo, aunque estén haciendo su vida y no quieran saber de nosotros; saber algo aunque hayan muerto de otra cosa en estos años”, dice a modo de epílogo.

Conforme a los criterios de

The Trust Project

Saber más

Leave a Reply

%d bloggers like this: