August 2, 2021

Iván Redondo quiere escribir sus memorias en el Gobierno y contempla irse a América

A Iván Redondo le gusta invocar de cuando en cuando una frase redonda de Cosme de Médici, pater patriae de la Florencia renacentista: “Aprendimos que debíamos perdonar a nuestros enemigos, pero jamás nos dijisteis que tuviéramos que perdonar a nuestros amigos”. A la sombra de los Médici emergió, claro, la figura de Maquiavelo, príncipe de la finezza fiorentina y espejo recurrente de los spin doctors que, como Redondo, se tirarían por un barranco por su cliente si fuera necesario.

No ha hecho falta, porque esa afilada sentencia política le apunta esta vez directamente a él, ahora que Pedro Sánchez ha decidido prescindir de su todopoderoso asesor de cabecera y diseñador de campañas. La última, la de Madrid, fallida como el asalto a la Región de Murcia, que también arrastra a José Luis Ábalos.

Redondo asegura que se va por voluntad propia, colocándose a sí mismo como gran ofrenda sacrificial de Sánchez al PSOE. “A veces, en la política, en la empresa como en la vida, además de saber ganar y saber perder, hay que hacer algo mucho más importante: saber parar”, escribió este sábado en una tarjeta de despedida que avanzó este diario, y en la que remató: “Nos volveremos a ver”.

“Se trata de una salida voluntaria. La pedí en 2019 y hace un mes y medio”, agrega Iván Redondo en declaraciones a EL MUNDO. “Llegó el momento de descansar”.

Deja su puesto al socialista Óscar López, con un perfil completamente distinto y que resulta del agrado de un PSOE que este sábado exhibía la cabeza totémica de Redondo como el símbolo de un cambio de era.

“Rompiendo las reglas, pero tirando de manual” -como le gusta sintetizar-, el hasta ahora asesor áulico de Sánchez ejercía una enorme influencia en el líder socialista y coordinaba la iniciativa política del Gobierno desde su rango de primer secretario de Estado.

Nacido en 1981 en San Sebastián, Redondo siempre quiso ser director de gabinete como Leo McGarry en El ala oeste de la Casa Blanca. “Actúa con fe, Pedro, y la fe te será concedida”, le decía al líder socialista ya en 2016, parafraseando al personaje creado por Aaron Sorkin.

En mayo de 2017 escribió que “Sánchez puede ser presidente” y un año después pilotó la estrategia de la moción de censura que tumbó a Mariano Rajoy. Comprobó enseguida que gobernar se parece más a House of Cards y se tatuó la máxima de Frank Underwood: “El poder es ubicación, ubicación y ubicación”.

Desde el despacho que ocupaba Alfonso Guerra en La Moncloa, Redondo asumió el mantra del vicepresidente de Felipe González: “Yo soy la espina, él el aroma”.

“Éste es el cargo que colma todas mis expectativas”, confesó a sus amigos cuando éstos pronosticaban que sería ministro de la Presidencia. Pero esa cartera la llevará ahora Félix Bolaños, hombre fuerte del partido en La Moncloa y que ha venido practicando, bajo su sombra, un estilo más ortodoxo que el de Redondo.

Lo cierto es que, más allá de la ficción catódica, jamás un director de gabinete había acumulado en España tanto poder e influencia como él. En su entorno bromeaban llamándolo “el vicepresidente cero”. Era el primer filtro del Gobierno, la esclusa para cualquier asunto que se pergeñase aguas abajo del presidente. Con su marcha, Sánchez pierde el segundo de sus grandes escudos.

Tras el adiós de Pablo Iglesias, el presidente quedó más expuesto a las críticas, pero algunas flechas políticas seguían dirigiéndose a Redondo y a Carmen Calvo, a los que se consideraba ideólogos. Ahora Sánchez concentrará el papel de vicepresidente político y estratega, así que el primer dique de contención será Nadia Calviño y buena parte del rumbo del Ejecutivo dependerá de la marcha de la economía. O sea, de los fondos europeos.

Director de gabinete era también el puesto que ansiaba Redondo cuando trabajaba para el PP, en la época en la que Rajoy y Pedro Arriola recelaban de él mientras hacía presidente regional a José Antonio Monago y alcalde a Xavier Albiol, contra todo pronóstico.

Después del rechazo de Rajoy, la idea de Redondo siempre fue llevar a Sánchez a La Moncloa, consolidar a su cliente en el poder con un segundo mandato e irse. Los acontecimientos se han precipitado, en buena medida por la efervescencia de algunos de sus órdagos, como el de los indultos y el “apaciguamiento” en Cataluña.

Siempre dijo que, cuando dejase La Moncloa, escribiría su visión de los años de Gobierno, pondría sus consejos políticos en remojo y pasaría al sector privado. O al otro lado del charco, a ese Washington que simboliza su fascinación por la trastienda del poder. “La política es siempre el arte de lo que no se ve”, dejó como epitafio en una de sus últimas tertulias en el Café Varela.

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