August 4, 2021

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se ven por primera vez desde 2017 sin disimular sus diferencias

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Fue una llegada fría, desangelada. No hubo recibimiento en la puerta, salvo el de cuatro entusiastas con carteles reclamando “unidad” y el de un vecino valón enfurecido que desde su terraza, decorada con una bandera de España, invitó a gritos a los recién llegados a “irse de Bélgica” inmediatamente.

Oriol Junqueras y sus escuderos más cercanos fueron acogidos en Estrasburgo a principios de semana con cierto calor y entusiasmo, pero cuando llegaron a Waterloo a mediodía de este miércoles, a la Casa de la República, el espíritu era muy diferente.

Carles Puigdemont no salió a dar la bienvenida, a diferencia de lo que hizo hace unos días con el presidente de Cataluña, Pere Aragonès, pero a los pocos minutos de que entraran en la casa salieron todos -el ex president, Junqueras, Raül Romeva, Dolors Bassa, Carme Forcadell, Meritxel Serret, Toni Comín y el rapero Valtonyc, chico de los recados en Waterloo- para hacer una foto de familia desordenada, incómoda, fiel reflejo de todo lo esperado en la jornada. No se reprocharon nada en público, pero tampoco se esforzaron para disimular sus diferencias.

La previa de las últimas semanas ha estado marcada por la gelidez, la tensión más que evidente a todos los niveles, en gestos, declaraciones y preparativos. Si se tiene que hacer una lectura en función de lo visto y de lo oído, de lo filtrado y lo reprochado, el esperadísimo encuentro entre Carles Puigdemont y Oriol Junquera no servirá para cicatrizar una relación rota desde hace casi cuatro años, cuando el ex presidente salió en coche hacia Bruselas.

Oriol Junqueras y sus compañeros de partido viajaron esta semana a Estrasburgo a visitar la Eurocámara y han seguido viaje hasta Bruselas. Empezaron en la sede de la delegación catalana en la ciudad, a apenas 100 metros de los edificios de la Comisión o el Consejo, que desde hace más de un lustro están cerrados a cal y canto para cualquier líder independentista.

Allí se vieron con el recién nombrado responsable, Gorka Knorr, que sustituye precisamente a Serret. Después, al borde de las 14.15 horas, el equipo de ERC se desplazó a Waterloo, a la Casa de la República, para el primer cara a cara desde octubre de 2017. Cuando uno se fue y el otro se quedó, lo que marcó las trayectorias de ambos de por vida.

La situación era más que incómoda. El mensaje es que se trataba de un encuentro personal más que profesional y así lo ha repetido Junqueras al terminar. “Ha sigo algo fundamentalmente de carácter personal, para hablar de nuestras familias, de la represión. Ha sido algo muy agradable y tenemos el compromiso de mantener el contacto”, ha añadido.

El hecho de que la comparecencia fuera en solitario y que no hayan sido capaces de pactar una salida conjunta, unas palabras coordinadas, resume bien la situación.

El objetivo era tener las primeras imágenes juntos de las dos figuras clave del independentismo catalán y de todo lo ocurrido en Cataluña desde 2016 como mínimo, pero el resultado es pobre incluso en eso. “No necesitamos ninguna reconciliación”, dijo Junqueras este martes sobre el esperado apretón de manos.

“Por mi parte siempre ha habido voluntad de entendimiento”, añadió. “Para ser honestos, una foto no arreglará nada, hay debates que necesitamos poderlos hacer bien y a fondo”, replicó bajando las expectativas en Cataluña Radio Toni Comín, antaño en ERC y desde la fuga a Bélgica siempre a la sombra de Puigdemont.

Este miércoles, el mensaje final trató de ser positivo, pero la escenificación jugaba en contra. “Ha sido un momento emotivo y agradable”, ha intentado convencer el líder de ERC, incapaz siquiera de explicar cuál había sido el postre casero que el entorno de Puigdemont había comentado que cocinaría el ex president para dar un toque de cercanía a la sobremesa.

No hubo críticas ni al hecho de no ser recibido en la puerta, “no tengo costumbre de hacer ningún reproche”, dijo el líder indultado. Ni a las diferencias de estos años. Pero pocas veces se vio tanta distancia en las puertas de Waterloo entre antiguos compañeros de viaje.

Todas las partes entienden que necesitaban algún tipo de gesto para una ciudadanía mucho más desmotivada que en la parte caliente del procés, pero aparentar unidad y entendimiento es casi imposible. Las pésimas relaciones entre los dos líderes y los partidos es evidente y en la Casa de la República quedó constatado. No fue siquiera la reunión, con algo más de dos horas en la agenda, sino las circunstancias de la misma.

Cuando el lunes pasado Carles Puigdemont no apareció en Estrasburgo no fue ninguna sorpresa. Su entorno y él mismo habían dejado ya claro que no tenía intención de desplazarse para la sesión plenaria del Parlamento Europeo, y que seguiría los temas desde su residencia de Waterloo, aprovechando la oportunidad que desde hace más de un año ofrece la institución de hacer conexiones híbridas por teleconferencia.

No tenía ninguna intervención en el pleno, explicaban los suyos, así que no había razón para el viaje. La situación no tendría nada de particular, dado que cientos de sus colegas hacen lo mismo desde el inicio de la pandemia del coronavirus, sino fuera por tres razones.

Hasta la fecha no se había perdido un viaje a Estrasburgo, porque hace unos meses sus abogados solicitaron y obtuvieron la suspensión cautelar del levantamiento de su inmunidad parlamentaria, precisamente, con la argumentación de que era indispensable para que él viajara a Francia a cumplir con sus tareas y porque esta semana iba a estar en Estrasburgo Oriol Junqueras.

Puigdemont rehuyó el encuentro en los pasillos de Estrasburgo porque no tenía nada que ganar. En esa gira el protagonista iba a ser Junqueras, junto a sus colegas. Él y Romeva pudieron entrar porque son ex diputados de la casa. Y el líder de ERC fue de hecho el candidato a presidir la Comisión Europea tras las últimas europeas por la Alianza Libre Europea, que agrupa a las fuerzas favorables a la autodeterminación de todo el continente.

El viaje era suyo, las cámaras eran para él, y Puigdemont no quería ser comparsa. Por eso se quedó en casa y aceptó sólo que el encuentro fuera en sus dependencias, donde él manda, donde él recibe. Donde, como poco, estaría al mismo nivel que su interlocutor y antaño aliado. Y donde estaba flanqueado por Comin y Valtonyc, inesperado actor en esta batalla política.

Según Junqueras, único portavoz de lo ocurrido, fue todo personal, privado, salvo una cosa: las críticas conjuntas a la “represión económica del Tribunal de Cuentas“, un “órgano político, controlado por políticos y caduco, porque el PP no quiere renovarlo”.

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