September 21, 2021

Oda a las mascarillas en las calles: “¿Síndrome de Estocolmo? Es más seguro seguir usándolas”

“Es curioso la de gente que lleva puesta la mascarilla”. Carlota y Pablo, treintañeros, pasean a un bulldog en la plaza de las Comendadoras, situada en el centro de Madrid. Son de los pocos paseantes que no usan la mascarilla, de la que se puede prescindir al aire libre en toda España desde este sábado. “Como los dos hemos pasado el virus, no nos preocupa. Es una liberación poder quitártela”, coinciden.

Rozando los treinta grados, antes de las 13.00 horas, Madrid es una oda al uso de las mascarillas. Aunque algunos estudios han demostrado que sólo el 0,1% de los contagios se producen al aire libre -sólo uno de cada 1.000-, la mayoría decide cubrir su nariz y boca. “¿Síndrome de estocolmo? No, no”, contesta Cristina. Se ha subido la mascarilla al levantarse de una terraza en la plaza de Pedro Zerolo. “Es más seguro seguir usándolas. Somos vecinos del centro”, se refiere a su acompañante, “y sabemos que es muy difícil mantener la distancia de seguridad con el resto”, explica.

-Tú deberías llevarla, eh -interviene él.

El Gobierno exime del uso de las mascarillas al aire si hay, al menos, un metro y medio de distancia entre las personas, salvo que sean convivientes. Es difícil caminar por la acera de la calle Hortaleza guardando la separación. Marta lee la carta de una pizzería del barrio. Tanto ella como sus dos hijos tienen las mascarillas. “Hay mucha gente. En cuanto salgamos a una calle más despejada, nos las quitamos”.

La camarera de Azumbre, un bar del paseo de Eduardo Dato (Chamberí), observa a los clientes apoyada en el quicio de la puerta. Se llama Joana y tiene 33 años. “Pues no sé por qué no me la he quitado. Si me voy a acercar a los clientes, prefiero llevar mascarilla. No me siento realmente segura sin ella. Como me van a vacunar más tarde…“, justifica. Ella también se ha dado cuenta de que la mayoría sigue usándola. “En dirección al metro, por la calle, todo el mundo la usaba”.

Lourdes es una señora mayor que espera a cruzar la calle en Santa Engracia. No quiere decir su edad. Responde descubierta y pletórica: “Hombre, el problema ahora lo tenéis vosotros, los jóvenes. Yo ya estoy vacunada. Es una alegría poder disfrutar del aire en la cara. He salido a pasear precisamente para sentir esta sensación”, ejerce de superviviente.

Dos amigas bajan la calle en dirección Alonso Martínez. Caminan con prisa. Mónica lleva la mascarilla bajada, Maddi la tiene puesta. “Yo es que todavía no me siento segura”, apostilla la segunda. “Si veo a mucha gente junta, me la pongo, pero por aquí”, mira a su alrededor, “prefiero llevarla quitada”, considera Mónica. “Es extraño ver la cara de la gente. Tengo la sensación de que les falta algo”.

Víctor trabaja de portero en el número 23 de la calle Almagro. En ese edificio, tiene la sede un laboratorio que realiza pruebas para detectar el virus. “Hombre, pues está claro por qué llevo la mascarilla”. Hasta las 11.30 la cola se extendía algunos metros desde la puerta del edificio. “El que está detrás de la mascarilla soy yo, ¿me entiendes? Por mucho tiempo que haya pasado, algo puede haber quedado aquí. Es mucha gente la que viene”.

Al trasluz, en la penumbra del lobby, una mujer de mediana edad espera al fresco sin mascarilla. “Es oportunismo político”, considera Víctor. “Está claro. En verano, a las vísperas de las vacaciones, con los indultos… Pues claro, quitan la mascarilla. También te digo: cada uno puede hacer lo que crea conveniente. No voy a obligarle a usted a llevar mascarilla, ni usted a mí a quitármela”.

Las cuatro ocupantes de un Audi descapotable que sube por Alcalá visten mascarillas.

Patricia, de 25 años, ha llegado desde Puertollano a hacer un examen de Veterinaria. “Pues me ha salido regular”, dice detrás de la tela quirúrgica.

-¿Por qué la llevas?

-¿La mascarilla? -contesta algo desorientada- Ah, es que se me ha olvidado quitármela al salir de clase.

Frente a la iglesia de San Fermín de los Navarros, una pareja vestida con eso que llaman ropa cómoda observa en la distancia la salida de una boda. Los invitados rodean a los novios. Gritan de júbilo: nadie lleva mascarillas. Miran la escena como si asistieran al aterrizaje de un ovni. Prefieren no dar sus nombres. “Soy sanitaria”, contesta ella, “y creo que es demasiado pronto para prescindir de ellas. Hay que seguir siendo responsables”.

Un conductor pita al feliz y destapado nuevo matrimonio.

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